Sociocriticism

Penser l’ar(t)chive queer/cuir // Pensar el ar(t)chivo queer/cuir  |  

[Sommaire du numéro]

Davy Desmas

“Queerizar” 1968. Hacia la constitución de un contra-archivo del género en la literatura mexicana contemporánea

Résumé

Dans le prolongement des travaux qui soulignent la prééminence de la perspective masculine dans l’élaboration de la mémoire collective du mouvement étudiant et social survenu au Mexique, en 1968, nous nous proposons d’analyser deux textes qui, au sein de la littérature mexicaine contemporaine, interrogent les processus de visibilisation et invisibilisation des différents protagonistes de 1968, et plus particulièrement de la communauté gay. Les deux textes étudiés, Otros días, otros años (2008), de Luis González de Alba, et Historias del 68 (2018), de Vicente Leñero, évoquent 1968 depuis une perspective minoritaire, rénovent la mémoire forgée autour des événements et opposent à l’archive institutionnelle une contre-archive du genre, que nous qualifierons de queer.

Abstract

Our work follows on from articles which emphasizes the preeminence of masculine perspective in the constitution of collective memory about the events that happened in Mexico, in 1968. We aim to analyse two texts that, in contemporary mexican literature, examine the visibilization and invisibilization process of the 1968 participants, and more specifically the gay community. Both texts, Otros días, otros años (2008), by Luis González de Alba, and Historias del 68 (2018), by Vicente Leñero, describe 1968 from a minority perspective and renew the collective memory about the events, bringing into opposition the institutional archive and a queer counter-archive.

Resumen

En la prolongación de los trabajos que evidencian la preeminencia de la perspectiva masculina en la memoria pública que se construyó en torno al movimiento estudiantil y social que ocurrió en México en 1968, proponemos analizar dos textos que, dentro de la narrativa mexicana contemporánea, interrogan los procesos de visibilización e invisibilización de los distintos protagonistas de 1968, y más específicamente de la comunidad gay. Los dos textos estudiados, Otros días, otros años (2008), de Luis González de Alba, e Historias del 68 (2018), de Vicente Leñero, evocan el contexto mexicano de 1968 desde una perspectiva minoritaria, renuevan la memoria elaborada en torno a los acontecimientos y oponen al archivo institucional un contra-archivo del género, que calificaremos como queer.

Texte intégral

1¿Dónde están las mujeres del 68?, se preguntaba en 2018 Susana Draper, en un ensayo publicado en Letras libres, situándose en la continuidad de varias investigadoras que, en los últimos treinta años, empezaron a subrayar la escasa presencia de las mujeres en la historiografía dedicada al movimiento estudiantil y social que tuvo lugar en México, en 1968. Los distintos trabajos de Elaine Carey, Deborah Cohen, Lessie Joe Frazier y Nathalie Ludec, junto con el de Susana Draper, evidencian la preeminencia de la perspectiva masculina en la memoria pública que se construyó en torno a dichos acontecimientos, siendo esta memoria pública definida por Eugenia Allier como “el campo de batalla donde las distintas memorias rivalizan por el dominio público” (2009, 290). En el marco de este trabajo, proponemos acercarnos a un cuestionamiento que, aunque aplicado a un corpus más bien literario, interroga también los procesos de visibilización e invisibilización de los distintos grupos que conforman los protagonistas del 1968 mexicano, y más específicamente de la comunidad gay. Si bien fue señalada en múltiples trabajos la importancia de los eventos de 1968 para la afirmación de la temática homosexual en el campo literario mexicano, como lo revela la publicación, en los años 1970, de textos como Cielo Tormentoso (1972) de Carlos Valdemar, La máscara de cristal (1973) de Genaro Solís, Mocambo (1976) de Alberto Dallal, El desconocido (1977) de Rodríguez Cetina o El vampiro de la colonia Roma (1979) de Luis Zapata, pocos son los autores que redactan textos que describan el movimiento de protesta incluyendo y visibilizando las minorías LGBTQI+, con el fin de subrayar su implicación en la operación de desobediencia y de lucha que llevaron contra el Estado. Otros días, otros años (2008), de Luis González de Alba, e Historias del 68 (2018), de Vicente Leñero, encarnan dos tentativas de poner en tela de juicio el “principio arcóntico” que, según Jacques Derrida, prevalece a la hora de construir una memoria colectiva: recordando que los arcontes eran, en la antigua Grecia, los magistrados superiores que se desempeñaban como guardianes de los documentos oficiales e intérpretes de los archivos, Derrida escribe que “el principio arcóntico es el principio mediante el cual el arconte, que es el hijo mayor del patriarca, conserva el archivo, hace la ley y hace hablar espectros que no contestarán más” (1995, p. 1471). En la época contemporánea, la persistencia del principio arcóntico conduciría a la constitución de una memoria pensada por y para el patriarcado. Las obras de Leñero y González de Alba, al evocar el contexto mexicano de 1968 desde una perspectiva minoritaria, renuevan dicha memoria y oponen al archivo institucional un contra-archivo del género, que calificaremos como queer. Si bien Lee Edelman presenta la homosexualidad como necesariamente queer, al considerar que “el homosexual, como queer, es siempre la figura de lo que está fuera de las normas, fuera de la ley” (Edelman, 2013), cabría acaso recordar, como lo señala David Halperin en el prefacio a la edición francesa del ensayo How to be Gay, que lo queer supera la cuestión de la sexualidad:

Queer, entendido como opuesto a lo normal, no remite a un tipo de gente en particular, que tendría tal o tal práctica sexual o que sentiría tal o tal deseo, sino a todas las personas que son, o se sienten, marginales, por sus prácticas sexuales, su estilo en cuestión de género, o su raza, su clase, su edad, su condición física, su pertenencia étnica, su nacionalidad, su religión, su sexo. […] La palabra queer se difundió a partir de 1990 porque designa una categoría que cubre un amplio horizonte de marginalidad social; les habrá permitido a todos los que la sociedad circundante, el orden social dominante, considera como fuera de las normas, diferentes, inadaptados, hacer causa común y reconocerse como miembros de un mismo grupo, contestatario y provocante. […] Queer subraya todo lo que es socialmente contestatario en la homosexualidad, lo que no se deja asimilar a la vida normal, lo que rompe las normas aceptadas o se mantiene al margen de ellas. Refiriéndose a la homosexualidad, queer enfatiza lo que, en ella, es anormal, raro, todo lo que la aleja de las corrientes dominantes, todo lo que, en ella, se resiste a la integración social, al consenso, todo lo que provoca, lo que desafía, lo que rechaza el curso ordinario de las vidas presuntamente normales (Halperin, 2015).

2Considerando estos postulados, determinaremos en qué medida Historias del 68 y Otros días, otros años, al cuestionar los sistemas binarios y heteronormativos, contribuyen a una operación de relectura queer de la Historia.

Historias del 68 (2018), Vicente Leñero

3Publicada en 2018, o sea casi cuatro años después de la muerte de Vicente Leñero, la obra Historias del 68 destaca por su hibridez, habiendo pasado por un proceso de modificación a cargo del editor, como este lo explicita desde la nota preliminar:

Puesto que Historias del 68 se escribió originalmente para ser filmada, en su redacción se emplearon todas las convenciones formales del guion género del que Vicente Leñero era un maestro . En esta edición decidimos dar fluidez a la lectura eliminando algunos tecnicismos innecesarios fuera de un proceso de producción audiovisual. En todo lo demás se respetó al máximo la prosa y el estilo de su autor, incluyendo el formato estándar usado en la escritura de un libro cinematográfico (Leñero, 2018, p. 7).

4Dicho “libro cinematográfico” se organiza en 37 secciones, a las cuales se agrega un epílogo, que materializan en el papel las diversas secuencias fílmicas que fueron imaginadas por Leñero y nunca llegaron a rodarse. Más allá de las características formales que supone la hibridez genérica del libro, entre guion cinematográfico y adaptación literaria, la originalidad de Historias del 68 proviene de la ambición panorámica del autor: paradójicamente, la fragmentación que implica la polifonía elegida por Leñero para relatar los movimientos estudiantiles, y, de manera más general, sociales, que ocurrieron en el México de 1968 le da una gran coherencia al texto, ya que se funda en la evocación de una multiplicidad de acontecimientos y, sobre todo, de puntos de vista. Como ya lo sugiere el plural presente en el título de la obra, el texto se construye efectivamente a partir de varias historias autónomas que se entrecruzan, aunque todas se vinculan con la cronología del movimiento de 1968, empezando por los enfrentamientos entre pandilleros del Instituto Politécnico Nacional y preparatorianos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), a finales de julio, para acabar con el informe presidencial que pronunció el presidente Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) en la tribuna del Palacio Legislativo, el primero de septiembre de 1969. El libro privilegia dos tramas principales, respectivamente enfocadas en las actuaciones del presidente de la República y de algunxs líderes del movimiento estudiantil, como Avelino, Tomás, Beto, Sócrates, Áyax, Tita, Nacha, Kiko o Tarolas, cuyos nombres contienen evidentes referencias a las personas que protagonizaron los acontecimientos en la realidad. No obstante, la singularidad de Historias del 68 estribaría en la multiplicación de las intrigas secundarias, centradas en personajes cuya existencia no se limita a la ficción sino que remiten a figuras que participaron directa o indirectamente en los acontecimientos, como responsables políticos (Luis Echeverría, Alfonso Corona del Rosal, Marcelino García Barragán, Emilio Martínez Manatou, José López Portillo, etc.), periodistas y fotógrafxs extranjerxs (John Rodda, Charles Courrière, Oriana Fallaci, René Mauriès y Philippe Nourry), miembros del ejército (José Hernández Toledo, Luis Gutiérrez Oropeza, Ernesto Gutiérrez Gómez Tagle) o de los servicios de inteligencia (Miguel Nassar Haro, Fernando Gutiérrez Barrios), dignatarios religiosos (Miguel Darío Miranda Gómez), altos funcionarios (Javier Barros Sierra), deportistas a punto de participar en los Juegos Olímpicos (Enriqueta Basilio), escritorxs (Alcira Soust Scaffo, León Felipe, Herbert Marcuse), etc. Asimismo, el libro de Leñero crea un amplio abanico de personajes ficticios, capaces de encarnar la multitud de figuras anónimas que se vieron afectadas de una manera u otra por el movimiento social de 1968 y tuvieron que posicionarse con respecto a éste, apoyándolo o combatiéndolo.

5Por otra parte, Historias del 68 va más allá de la sola representación de los protagonistas y se afirma como obra coral: el acceso a la voz que tienen los numerosos personajes mencionados, mediante la sistematización del discurso directo, le otorga a la obra un valor archival o contra-archival. Entendemos el concepto de “archivo” a partir de los planteamientos de Jacques Derrida, que subrayó en varios textos entre los cuales habría que citar el ensayo Mal d’archive y el diálogo filosófico “Trace et archive, image et art” (2002) la inevitable relación que une el poder y la constitución del archivo. Al evocar la etimología de la palabra, Derrida afirma que el archivo remite al arkheîon griego, o sea el lugar donde actuaban:

[…] los que tenían el poder de depositar y de disponer de las cuentas o de los documentos que tenían un interés político para la ciudad [en el sentido de polis], o un interés nacional, como hoy se podría decir. Y este poder, de manera estatutaria, tenía autoridad para no sólo elegir lo que debía ser conservado o no, sino también para localizarlo en algún lugar, para clasificarlo, interpretarlo, jerarquizarlo. Todo esto supone cierta cantidad de operaciones de poder, supone jerarquía, hegemonía. Y diría yo que sigue siendo el caso hoy (Derrida, 2004, p. 114).

6De ahí la necesidad del contra-archivo, elaborado desde una postura no institucional, que propone un discurso alternativo a la memoria oficial. La fractura que distingue el archivo y el contra-archivo se puede también apreciar a partir del vínculo que Michel Foucault estableció entre lo institucional y los archivos, en plural, siendo estos definidos como “la suma de todos los textos que una cultura ha guardado en su poder como documentos de su propio pasado, o como testimonio de su identidad mantenida”, gracias a “las instituciones que, en una sociedad dada, permiten registrar y conservar los discursos cuya memoria se quiere conservar” (1969, p. 170). Si se considera el contexto mexicano de 1968 y las mentiras que fueron propagadas por el discurso oficial sobre los protagonistas del movimiento, antes y después de la matanza de Tlatelolco2, se hace más agudo el imperativo de archivo, o de contra-archivo, que formula Bertrand Müller cuando explica que “la alienación del testimonio impone un nuevo imperativo que no es memorial sino archivístico, se manifiesta fuera de los archivos de los cuales han sido sacadas las pruebas de las máquinas de matar” (Müller, 2011). Agrega Müller: “El imperativo de archivo no es sólo el de las víctimas y de los excluidos para quienes se impone un deber de archivo, es también el deber de consignar por la palabra el gesto y los mecanismos de la opresión, del terror y del aniquilamiento” (2011). Dichos mecanismos son desvelados por Leñero en múltiples fragmentos de Historias del 68, por la importancia que se les da a los representantes del poder. Entre las recurrentes descripciones de las concertaciones que tuvo el presidente Díaz Ordaz con sus ministros o con los jefes del ejército con el fin de aplacar las protestas, destacaremos el diálogo que más evidencia la estrategia opresiva y represiva elegida por el presidente, cuando le sugiere con medias palabras a su jefe del Estado Mayor, el coronel Gutiérrez Oropeza, recurrir a la ilegalidad y a la violencia para poner fin al movimiento estudiantil:

[…] si usted, en el desempeño de sus funciones, tiene que violar la Constitución, hágalo sin que yo me entere porque como presidente nunca le daré mi autorización… Pero si se trata de la seguridad de México, hágalo coronel, y cuidado con que yo, el presidente, me entere, porque lo despido y lo proceso… pero su amigo, Gustavo Díaz Ordaz, le vivirá eternamente agradecido. (Leñero, 2018, p. 179)

7Además, el texto de Leñero parece actualizar, mediante el guiño intertextual, una tradición literaria transgresiva y “contra-archival”, inscribiéndose en la continuidad de autorxs que se opusieron, por sus relatos, al discurso oficial sobre 1968. La articulación del relato alrededor de una serie de testimonios diversos recuerda inevitablemente uno de los textos fundadores de la “narrativa del 1968”, La noche de Tlatelolco (1971), de Elena Poniatowska. Asimismo, la descripción en tres capítulos del encierro vivido por Alcira en un baño de la UNAM durante la ocupación militar de la universidad hace eco a los textos que Roberto Bolaño dedicó al personaje de Auxilio Lacouture, avatar literario de la profesora y poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo: Los detectives salvajes (1998) y Amuleto (1999). Por otra parte, no cabe duda de que el personaje de Avelino, este joven líder de la UNAM que protagoniza los eventos, participa en el mitín del 2 de octubre desde el tercer piso del edificio Chihuahua y se dedica a escribir a máquina su propio testimonio de los acontecimientos desde una celda de la cárcel Lecumberri, es un calco literario de Luis González de Alba, cuya novela Los días y los años (1971) fue uno de los primeros textos en contradecir la versión oficial de los hechos. Por fin, entre otras alusiones intertextuales, cabría mencionar lo que interpretamos como una reescritura de un cuento de Gabriel García Márquez, titulado “Un día de éstos” (1962), que, si bien no se vincula con el contexto mexicano de 1968, sí constituye un hipotexto útil para ilustrar la posibilidad de la venganza popular contra unas autoridades opresivas. En ambos textos aparece un dentista que tiene que extraerle una muela cariada a un militar que encarna la violencia, la corrupción o la represión, sea el teniente que se volvió alcalde, en el cuento garciamarquiano, sea el general Hernández Toledo, en Historias del 68. El conflicto sordo que opone los protagonistas se expresa con mucha sutileza a través de la ausencia de anestesia decidida por el dentista en “Un día de éstos”, así como en las palabras que pronuncia cuando procede a la dolorosa extracción de la muela: “Aquí nos paga veinte muertos, teniente” (García Márquez, 2018, p. 145). Vuelve a aparecer, en el texto de Leñero, el placer sádico experimentado por el dentista ante la posibilidad de vengarse de un militar que se niega a sacar de la cárcel a su hijo, que participó en las manifestaciones estudiantiles:

Hernández Toledo: ¿Me va a doler?… / Dentista: Yo sé que puede sacar a mi muchacho, general. Se lo voy a agradecer muchísimo. / Hernández Toledo: Imposible. Tenemos órdenes precisas de no sacar a nadie. Imposible, doctor… ¿Me va a doler? / Dentista: Sí, general, le va a doler” (Leñero, 2018, p. 135).

8La momentánea superioridad que alcanza, en el plano narrativo, el personaje del dentista, simbólicamente anónimo, sobre otro protagonista que encarna el poder, constituye una ilustración de la operación de valoración que se da en la novela de los que se oponen a dicho poder.

9Además de darle la palabra al conjunto de personas cuyo discurso rompe con la oficialidad del archivo institucional, el carácter alternativo del contra-archivo permite investigar el flujo de la Historia desde una perspectiva minoritaria. Historias del 68 forma parte de los escasos textos que contribuyen a visibilizar la implicación de una de las minorías LGBTQI+ en los movimientos de protesta de 1968, a través de la evocación de una pareja gay. Esta implicación se evidencia primero mediante una paradoja: la escasa presencia de las escenas en las cuales se manifiesta el carácter sentimental de la relación que tienen Kiko y Avelino, dos estudiantes de la UNAM. Si bien ambos personajes intervienen de manera muy recurrente en la obra, dominan las secciones en las cuales se desempeñan como manifestantes y pocas veces aparecen como pareja, lo que reflejaría una voluntad de enfatizar en su inclusión en una acción profundamente colectiva, más que en su vida sentimental. Sin embargo, su sola presencia en la obra resulta muy significativa. La primera aparición de Avelino y Kiko se da en los segundos que preceden el “bazucazo”, un episodio entre los más famosos del movimiento de 1968, cuando, el 30 de julio, el ejército destruyó con una bazuca la puerta colonial del Colegio de San Ildefonso para desalojar a estudiantes que se habían refugiado allí. En la obra de Leñero, Kiko está cuidando a Avelino, que fue herido durante la manifestación del día anterior, lo acaricia y trata de darle un beso, lo que provoca el brusco rechazo de Avelino: “Aquí no, cabrón” (p. 26). La homosexualidad se presenta inmediatamente, en la obra, en un contexto de invisibilización forzada, lo que será confirmado a continuación, cuando Avelino utilice un discurso homofóbico “¡Es un marica!” (p. 104) para esconder ante sus compañeros de la universidad su propia homosexualidad. La construcción de la escena parece confirmar, en un nivel más bien simbólico, dicha invisibilización: el corto paréntesis sentimental se acaba brutalmente con los gritos de los estudiantes que anuncian el ingreso del ejército en el recinto del colegio. Se reproduce el esquema en varias ocasiones de la obra: la intimidad de esta pareja homosexual viene obstaculizada por la irrupción repentina y violenta de la Historia, sea cuando Avelino se niega a pasar la noche en casa de Kiko porque tiene que juntarse con otros miembros del Consejo Nacional de Huelga (CNH), sea porque un soldado le impide a Avelino acercarse al cadáver de Kiko, tras la balacera del 2 de octubre, en Tlatelolco. Simbólicamente, estas escenas hacen eco a la invisibilidad de las minorías sexuales en la narrativa dedicada a 1968, que privilegió la sola evocación de los sucesos históricos en los cuales éstas venían involucradas.

10Por otra parte, la valoración de las minorías sexuales en el contexto de 1968 pasa, en Historias del 68, por la afirmación de la compatibilidad entre disidencia política y disidencia sexual. Al revés de algunos estereotipos que asocian la homosexualidad, especialmente masculina, a una forma de indiferencia ante lo político e incluso a cierta frivolidad, Leñero imagina un personaje homosexual, Avelino, cuya vida viene regida por su compromiso por el “movimiento”, por su adhesión a la causa. En Otros días, otros años (2008), el narrador, que estuvo encarcelado tras su actuación en las protestas de 1968, confirma estos estereotipos:

[…] tengo unas notas de... de mis años en la cárcel... ya sabes: Lecumberri. Verás, quise mucho a un preso, un preso común caído por homicidio accidental, pero agravado por su tontería. […] Un preso político... homosexual, y uno común, heterosexual. A la inversa de lo que podría pensarse, ¿no crees? Los políticos nunca son gays... (González de Alba, 2008, p. 144)

11A la hora de pensar la articulación entre los márgenes sexuales y políticos, resulta también fundamental la novela El beso de la mujer araña (1976), de Manuel Puig, cuya intriga contribuye precisamente a establecer esta frontera hasta cierto punto entre el disidente político heterosexual, que se identifica con Valentín Arregui, y el disidente homosexual desprovisto de conciencia política, encarnado por Luis Molina. Historias del 68 se posiciona frente a esta tradición literaria, que se esmeró por representar y cuestionar las minorías sexuales, e invierte el esquema propuesto por Puig, haciendo del personaje homosexual el arquetipo del hombre comprometido. No será anodino que el personaje de Leñero parezca reproducir algunos rasgos de carácter emblemáticos de Valentín Arregui, como su miedo hacia lo sentimental. En El beso de la mujer araña, Valentín define las reglas que los disidentes políticos deben seguir y afirma que “nosotros tenemos el pacto de no encariñarnos demasiado con nadie, porque eso después te paraliza cuando tenés que actuar” (2015, p. 121). Explica también que “hay una planificación. Está lo importante, que es la revolución social, y lo secundario, que son los placeres de los sentidos. Mientras dure la lucha, que durará tal vez toda mi vida, no me conviene cultivar los placeres de los sentidos” (p. 29). En Historias del 68, Avelino cuyo nombre es casi un anagrama del de Valentín dice exactamente lo mismo. Mientras Kiko intenta convencerlo de que pase la noche con él, Avelino rechaza la oferta y se va: “Kiko se aproxima, afectuoso. Le acaricia el rostro. Avelino lo evade. / Kiko: Pérate. / Avelino: Las cosas son así, Kiko. Quiero dedicarme al movimiento con toda mi alma y todos mis güevos. / Kiko: ¿También con tu pito? / Avelino: También con mi pito” (Leñero, 2018, p. 105). El personaje homosexual de Leñero se niega a ocupar una posición pasiva de testigo y se compromete activamente en la Historia de su tiempo, tanto como lo hace el personaje heterosexual imaginado por Manuel Puig.

12El estatuto particular que Historias del 68 otorga a cada uno de los personajes homosexuales contribuye, por fin, al proceso de visibilización de la comunidad gay. Si bien el personaje de Kiko no alcanza el protagonismo que tiene Avelino, aquel se distingue, dentro de la multitud de protagonistas estudiantes descritos en la obra, por ser el único en morir. A pesar de que la casi totalidad de los jóvenes manifestantes que poblaron las páginas de la obra presencian y participan en el mitín que tiene lugar el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, Kiko es el único que adquiere el estatus de mártir, muriendo bajo las balas del ejército. En cuanto a su novio, Avelino, su posición de líder en el movimiento estudiantil ya le confiere de por sí una gran importancia en la economía de la obra; se subraya el rol motor del personaje en varios episodios, desde las primeras páginas de la novela: “Un grupo de estudiantes se lanza hacia el camión, azuzados por Avelino” (p. 15), “Otros se trepan al vehículo de pasajeros encabezados por Avelino” (p. 15). Sin embargo, lo más significativo sería la superioridad narrativa que adquiere el personaje: a lo largo de la obra, pensada como un guion, aparecen intervenciones narrativas precedidas de la mención “Voz narradora de Avelino”, en las cuales éste entrega unos comentarios retrospectivos sobre los acontecimientos de 1968, pero también sobre las actuaciones anteriores y ulteriores de varios protagonistas, como Luis Echeverría, Heberto Castillo o el hijo de Gustavo Díaz Ordaz. Asumiendo el papel de una voz en off, capaz de juzgar a los demás personajes a la luz de sus trayectorias pasadas o futuras, Avelino goza de una autoridad que lo singulariza, dentro del vasto esquema polifónico imaginado por Leñero. Además, notaremos que todo contribuye a vincularlo con la palabra: más allá de sus observaciones recurrentes bajo la forma de la voz en off, es Avelino quien distribuye la palabra, durante las asambleas generales del CNH (p. 55-58), y sobre todo es él quien se encarga de pasar por escrito, gracias a una máquina de escribir, los acontecimientos de estas enfebrecidas semanas de 1968, desde su celda de Lecumberri, volviéndose el portavoz de todos sus compañeros, vivos o muertos, y confundiéndose, mediante un efecto de abismación, con el autor de la obra que estamos leyendo. En ambos casos, tanto para Kiko como para Avelino, se compensa la invisibilidad de la comunidad gay dentro de la literatura dedicada a los eventos de 1968 por una revalorización narrativa que implica sea la ejemplaridad, la abnegación y la lucha hasta la muerte por unas convicciones, sea el motivo simbólico y metatextual del acceso a la voz.

Otros días, otros años (2008), Luis González de Alba3

13En 2008, o sea 37 años después de la publicación de Los días y los años, Luis González de Alba publica Otros días, otros años, una reescritura de un texto fundador de la narrativa de 1968. Profundamente marcado por los eventos de 1968, que dejaron huellas en toda su trayectoria literaria y vital, hasta el extremo de suicidarse en una fecha tristemente simbólica, el 2 de octubre de 2016, González de Alba propone una nueva versión de un texto cuyo carácter archival resultaba evidente, tanto por la amplitud de la reconstrucción que elaboraba de los acontecimientos como por el carácter autobiográfico del relato, siendo éste un testimonio de primera mano escrito por uno de los líderes del movimiento. Además de la proximidad que los títulos sugieren entre ambas novelas, la dimensión autobiográfica de Otros días, otros años, mucho más discreta que en el hipotexto, se confirma por la aparición en el relato del apodo de Luis González de Alba, Lábaro, en un corto diálogo que sostiene con Sergio Pitol (González de Alba, 2008, p. 35), así como por las propias declaraciones del autor, en varias entrevistas (Almazán, 2016; Zerón-Medina Laris, 2013). Si bien la novela de 2008 retoma el hilo cronológico que condujo al protagonista de los auditorios de la UNAM a la cárcel de Lecumberri, pasando por las protestas callejeras y los mitines del Zócalo y de Tlatelolco, Otros días, otros años amplía la perspectiva temporal al abordar el exilio del autor en Chile, después del encarcelamiento, su estancia en París en 1983, para concluir en 2006, año que coincide con el tiempo de la escritura. Sin embargo, no se puede considerar que agregue mucha información acerca de los eventos de 1968, por ser la novela de 1971 mucho más detallada y minuciosa en la reconstitución histórica aunque se trate de historia reciente . La exploración del movimiento estudiantil se prolonga apenas con algunas páginas dedicadas a una toma de conciencia del protagonista-narrador, que entiende, varios años después, el comportamiento de algunos soldados que no quisieron participar en la tortura que tuvo lugar después del 2 de octubre, cuando los líderes del movimiento ya se encontraban en el Campo Militar No 1 (González de Alba, 2008, p. 101-107). Fuera de este dato, y de una reflexión sobre el difícil recuento de muertos, el relato de los eventos de 1968 no resulta novedoso. El interés de la reescritura de la novela Los días y los años estriba entonces en otra operación emprendida por el autor, de la cual este parece darnos una lectura simbólica en el episodio siguiente:

“Jacob”… necesito saber cuándo es el día de Jacob […]. Es que uno de los niños, en la novela que escribo desde que me instalé, invitado por Daniel, en Pigalle, se llama Esaú para que, como en el relato bíblico, pierda su primogenitura frente al hermano menor, que no se llamará Jacob, pero podría cumplir años ese día […]. La pérdida no será la bendición del padre, que no es creyente, tampoco su fortuna, que no la tiene. La pérdida será más inefable: el amor del padre. ¿Y las lentejas? Quizá sean el amor de la madre, pero no lo tengo muy claro. […] Mmh… y este niño, el mayor y despojado, se descubrirá, muy tardíamente y sin conflicto, un homosexual plenamente aceptado (p. 88).

14Además de la probable alusión intratextual a otra novela de González de Alba titulada Jacob, el suplantador (1988), la reescritura “queerizante” de un texto tan canónico como la Biblia podría ser leída como motivo ficcional que, mediante la metatextualidad, remitiría al propio texto que estamos leyendo, es decir al proceso de transformación de un texto ya convertido en clásico en el panorama de la narrativa del 68, Los días y los años, cuyo protagonista, tanto como Jacob, resulta ser, en la nueva versión de la novela, homosexual. La originalidad de Otros días, otros años proviene efectivamente de la exploración de la vida sentimental y sexual del protagonista, ausente de la novela de 1971. La homosexualidad del personaje acentúa la carga transgresiva que ya caracterizaba el primer texto, por el contradiscurso que proponía sobre la masacre de Tlatelolco; la disidencia del narrador-protagonista es entonces doble, como lo recalca Antonio Marquet Montiel: “ser líder del 68 (es decir, haber sido degradado por los medios manipulados por el gobierno a la calidad de hez de la sociedad, haber sido despojado de todo derecho, de cualquier tipo de protección) y ser homosexual (ser hez de la sociedad, horror del sistema heteronormativo)” (Marquet Montiel, 2009). Mientras Los días y los años aparecía como contra-archivo por elaborar una memoria de 1968 en las antípodas de la memoria institucional, Otros días, otros años adquiere un valor archival igualmente transgresivo, al inscribirse en el marco de lo que el sociólogo francés queer Sam Bourcier llamó el archivo vivo. Abogando por la constitución de unos archivos LGBTQI+ asumida por las propias comunidades LGBTQI+, Bourcier explica que el archivo vivo es “el que tome en cuenta el punto de vista de lxs archivadxs. El que no produzca, como es el caso actualmente, una subjetividad de archivadx, despojando a las personas y asociaciones LGBTQI+ de las emociones, de la creatividad, de los saberes que son suyos” (Bourcier, 2018). Al proporcionar una versión ficcionalizada de su vida sentimental como hombre homosexual, González de Alba contribuye a la elaboración de esos archivos vivos o contra-archivos de género.

15La primera modalidad de la homosexualidad sobre la cual Otros días, otros años se propone indagar es la sensibilidad, entendida como expresión de los sentimientos. La indefinición genérica del “tú” que aparecía en algunos fragmentos intimistas de Los días y los años, al cual el protagonista-narrador declaraba su amor, desaparece. En la novela de 2008, la identidad de la persona que cristaliza los sentimientos amorosos experimentados por el protagonista se explicita: es un preso común llamado Pepe Mijares, aunque, si bien González de Alba certificó que existió en la realidad dicho hombre (Almazán, 2016), el apellido es falso, como lo admite el narrador de la novela (González de Alba, 2008, p. 19). La descripción de los dilemas sentimentales del protagonista, que sigue manteniendo una relación con una mujer para salvar las apariencias, mientras que siente una fuerte atracción por un hombre, permite echar luz en el proceso de concientización de la atracción homosexual. En efecto, varios fragmentos expresan, en estilo metafórico, la diferencia de intensidad que alcanza, en el protagonista, el dolor provocado por la ausencia de su novia o de Pepe:

[…] la de ella era un plácido paseo cancelado y recuperable en tres o cuatro días, los que tardará en volver; la de él… era una lluvia de cal viva y cada hora resultaba un taladro en los huesos, polillas en el cráneo, y me echaba a caminar por el patio de la crujía con la respiración alterada porque Pepe no había llegado y debía esperar una noche de hormigas en mi celda a la espera de verlo por la mañana (González de Alba, 2008, p. 42).

16Algunos capítulos después, dice que “[…] a ella la esper[a] siempre con el sosiego que precede al sueño luego de un día cansado, y Pepe es el adagio de un quinteto para cuerdas de Mozart” (p. 120). Asimismo, la progresiva eclosión del sentimiento amoroso homosexual permite la subversión, probablemente con fines paródicos, de ciertos tópicos amorosos heteronormados: así, en tres ocasiones, el narrador identifica la alegría provocada por el reencuentro con el hecho de ser “levant[ado] en vilo, con un beso en los labios y una voltereta” (p. 89, p. 135, p. 159), o imagina “una larga carrera de tipo cine romántico hasta saltar uno en brazos del otro con nuestros 28 y 25 años a flor de piel” (p. 150).

17La evocación de la sensualidad constituye la segunda modalidad de visibilización de la homosexualidad del protagonista. Abundan las largas descripciones de las fantasías homoeróticas del protagonista, a veces con un evidente carácter estetizante y metafórico, como lo evidencian los claroscuros que definen la escena siguiente, durante la cual el protagonista y Pepe se encuentran en una celda, de noche, invadidos por el deseo:

Un ocasional brillo del cigarro al aspirar el humo me hacía saber que allí seguía Pepe, aunque no muy bien dónde: la celda se había disuelto en una bruma que entraba escurriendo por la única ventana y fue subiendo del suelo al techo, envolviéndonos sin sentir cómo ni cuándo, una noche de remolinos oscuros cruzando entre los barrotes, llenando la celda de un agua tibia que nos puso a flotar sin peso, nos hizo astronautas sin arriba ni abajo, sin paredes. El brillo ocasional y rojo de la brasa me indicaba la dirección hacia la que se hallaba Pepe. Casi vi la brasa aproximarse a mí… casi sus brazos en torno a mis hombros… casi sus labios, pero seguíamos inmóviles, él sentado en su litera, yo apoyado en el lavabo de metal, ese metal carcelario pintado y repintado por generaciones, deseando penetrar la noche derramada sobre nosotros, separado por una eternidad de aquella brasa con súbitos centelleos (p. 129).

18El homoerotismo se traduce también por la erotización sistemática del cuerpo masculino, sea el cuerpo de un “muchacho alto, muy pesado, entre gordo y fuerte, con brazos gruesos, pies muy anchos y grandes, enormes; prieto retinto: cualquiera diría que es feo sin duda alguna” (p. 96), objeto de las fantasías sexuales del personaje, sea él de un atlético deportista: “Pensé en las bonitas espaldas que hace el remo, cómo se ensanchan los dorsales hacia las axilas y se marcan bajo la piel. Se desarrollan mucho los brazos con el ejercicio y también las piernas a causa de la tensión. […] Imagínatelo en camiseta, […] con el sudor corriéndole por el pecho” (p. 116). La exaltación de la sensualidad explica también el desequilibrio que aparece entre las largas descripciones de la tensión erótica que precede al acto sexual en sí y la evocación, mucho más corta, del coito; lo demuestra el énfasis con el cual se mencionan los movimientos de vaivén de los cuerpos y el roce de la piel que provoca el encuentro del protagonista con un masajista, que contrasta con la brevedad de la descripción de la penetración (p. 112-113).

19Acabaremos mencionando la ausencia de tapujos con la cual Otros días, otros años presenta la sexualidad de varios miembros de la comunidad gay, de la que acaba formando parte el protagonista. La obra opta en varios episodios por un relato alusivo: se menciona por ejemplo el famoso cine Luxor de París, “lleno de arabitos calientes, donde pasaban cine porno… que nunca vi, pues entraba directo a los baños. ¿Para qué ver porno si la comenzaba a actuar de inmediato, nomás entrando?” (p. 22). Asimismo, el fin de algunos capítulos, muy hábilmente, interrumpe la evocación de los encuentros sexuales del personaje, acentuando la tensión erótica generada por el texto (p. 85). Otros fragmentos describen sin rodeos estos encuentros, valiéndose de una estética ya explícitamente pornográfica:

[…] se estrechó contra él y, como si hablara dormido, mordiéndole suavemente el pabellón de la oreja, le susurró: “Lo más rico es venirse con una adentro…”, y se la colocó, ya un palo totalmente duro. “Aflójate”, recomendó mientras se ponía saliva en una mano y buscaba con los dedos mojados el culito nuevo de Pepe. Éste sintió el calor, la dureza, la humedad que le hacía resbaladizo el ano y se aflojó (p. 141).

Pepe le cumplió, y tan bien que Neftalí, conociendo que se oían con claridad los ruidos de los vecinos, debió ahogar con la almohada un grito: “¡Aj!... ¡Aaj! ¡Ca...!... Mmh... uta... ¡Qué verga, cabrón!” Y se vino sin tocarse, por única vez en su vida, de la que restaba ya muy poco, apenas unos días, única en que se vendría así, sin tocarse, sólo con la estimulación interior, porque no era tanto lo largo, sino lo grueso (p. 142).

20Además, como lo analiza Marquet Montiel, las fantasías sexuales del protagonista resultan sumamente transgresivas, acentuando el carácter marginal del personaje: pedofilia, violación, “fantasía de violación multitudinaria” (Marquet Montiel, 2009) y fascinación masoquista por la figura del hombre hipervirilizado, violento y criminal, capaz de hacerle daño. “La apología de la violencia que hace Luis González de Alba resulta políticamente incorrecta en una sociedad atrapada en ella. No sólo es parte de un juego en que el narrador se pone pantaloncitos cortos del enfant terrible, del niño malo que escandaliza a las visitas” (Marquet Montiel, 2009).

21La lectura de Historias del 68 y Otros días, otros años evidencia dos estrategias rotundamente distintas de visibilización de la homosexualidad masculina y de su participación en el movimiento estudiantil de 1968. Vicente Leñero elabora un texto cuya polifonía conforma una forma de caleidoscopio, en el cual la pareja homosexual representa una de las múltiples voces que la obra recrea, limitando al extremo las evocaciones de su intimidad, como para privilegiar la demostración de su adhesión a un grupo, matizar la marginalidad de la comunidad gay y echar luz en la fuerte implicación que ésta pudo tener en unos acontecimientos cuya fuerza derivaba precisamente de su carácter colectivo. Al revés, Luis González de Alba construye una novela que, por el sólo hecho de ser la reescritura de un texto fundador, sugiere la necesidad de darle una nueva orientación a la narrativa del 68: rastreando de manera simultánea y pormenorizada el movimiento estudiantil de 1968 y la vida sexo-sentimental del protagonista, González de Alba afirma la necesidad de un doble enfoque que permite vincular estrechamente la disidencia política y sexo-genérica. Finalmente, ambos textos, a través de procedimientos como la voz en off o la narración autodiegética, abogan por la necesidad de archivar la palabra de las minorías, cuestionando el principio “arcóntico” teorizado por Derrida (1995, p. 147) y visibilizando unas comunidades muy poco presentes en el archivo oficial, institucional y heteronormado. A la luz de los postulados teóricos acerca de lo queer presentados al inicio de este trabajo, aparece que la tarea de “queerización” de la Historia emprendida por Leñero y González de Alba toma formas muy distintas. En Historias del 68, si bien lo queer se manifiesta por la sola presencia de dos personajes que ponen en tela de juicio la visión heteronormada de la Historia, se vincula también con una representación ambivalente de la posición de marginalidad ocupada por los protagonistas homosexuales: aunque la intriga haga hincapié en la integración de la comunidad gay a una colectividad, la del movimiento de desobediencia surgido en el año 1968, Avelino y Kiko siguen sufriendo un grado mayor de marginalidad, por la imposibilidad de asumirse como homosexuales. Como tales, pertenecen plenamente al “salón de los rechazados” que constituye, según David Halperin, lo queer (Halperin, 2015). Sin embargo, resulta claro que la novela de Luis González de Alba, Otros días, otros años, va más allá en la operación de “queerización” ya descrita, añadiendo a la integración de la comunidad gay al proceso histórico una voluntad de ahondar en lo escandaloso, “anormal” y “provocante” (Halperin, 2015) de dicha comunidad. La escasa cantidad de obras que plantean estos cuestionamientos en el contexto del 1968 mexicano es acentuada por el hecho de que ambos textos ficcionalicen, al fin y al cabo, a la misma persona: múltiples elementos de la intriga del texto de Vicente Leñero llevan al lectorado a reconocer bajo los rasgos de Avelino el avatar literario del propio Luis González de Alba. Sin embargo, la sustitución del nombre real del líder estudiantil por uno ficticio implica una universalización del tema e invita a otrxs autorxs a proseguir con la tarea de integración de las minorías sexuales al proceso histórico.

Bibliographie

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Notes

1 La traducción de las citas de Jacques Derrida, David Halperin, Michel Foucault, Bertrand Müller y Sam Bourcier será nuestra.

2 Véase el artículo de Pablo Tasso titulado as de narrar. La prosa oficial de 1968(2016).

3 El análisis de la novela Otros días, otros años retoma y prolonga las conclusiones de otro ensayo titulado El archivo, el archivo vivo y loarchivivoen la narrativa de Luis González de Alba: de la disidencia política a la disidencia sexual mediante la reescritura de Tlatelolco” (Desmas, 2019).

Pour citer ce document

Davy Desmas, «“Queerizar” 1968. Hacia la constitución de un contra-archivo del género en la literatura mexicana contemporánea», Sociocriticism [En ligne], XXXV 1, 2020, , 2020, mis à jour le : 30/06/2020, URL : http://revues.univ-tlse2.fr/sociocriticism/index.php?id=2867.

Quelques mots à propos de :  Davy Desmas

Davy Desmas est agrégé, membre du Centre d'Etudes Ibériques et Ibéro-Américaines (CEIIBA) de l'Université Toulouse Jean Jaurès et maître de conférences à l'Institut National Universitaire JeanFrançois Champollion d’Albi, où il enseigne la littérature latino-américaine. Ses recherches actuelles portent sur la prose mexicaine contemporaine, avec un intérêt particulier pour les expressions marginales et transgressives, qui l’ont amené à travailler sur des auteurs et autrices comme David Toscana, Fernanda Melchor, Ana García Bergua, Antonio Ortuño, Susana Pagano, Juan Rulfo, Enrique Serna ou Antonio Sarabia. Il a notamment co-dirigé, avec Marie-Agnès Palaisi, l’édition de l’ouvrage Tendencias disidentes y minoritarias de la prosa mexicana contemporánea( 1996-2016), paru en 2018 aux éditions Mare et Martin.